lunes, 23 de febrero de 2009

Mientras agonizo; de William Faulkner

William Faulkner nació en el estado de Mississippi (Estados Unidos), y ese ambiente del sur americano quedó impregnado en el autor e influyó grandemente en su obra. Prácticamente toda su producción literaria está ubicada en el condado ficticio de Yoknapatawpha (Lafayette en la realidad). Entre sus libros más importantes: El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de Agosto (1932), ¡Absalón, absalón! (1936), Las palmeras salvajes (1939), o Desciende Moisés (1942). Recibe el Premio Nobel en 1950 y el Pulitzer en 1955.

Al igual que hiciera en El ruido y la furia, Faulkner volvió a experimentar en la técnica literaria con Mientras agonizo. El monólogo interior, los diferentes puntos de vista de los personajes y los saltos en el tiempo, nos llevan a pensar en James Joyce o Virginia Woolf. La obra está compuesta por diferentes monólogos interiores de varios de los personajes que pueblan la novela, ofreciendo al lector una visión mucho más profunda sobre la psicología de cada protagonista y sobre las motivaciones que subyacen detrás de la historia.

El título de la obra - Mientras agonizo (As I lay dying)- está tomado de un pasaje de La Odisea, donde Agamenón relata cómo su esposa Clitemnestra y el amante de ésta le asesinan, y ni siquiera viéndole agonizar se compadecieron de él:
"Mientras me moría (agonizaba) con la espada clavada, ella, la de la cara de perro, se apartó de mí y no esperó siquiera, aunque ya bajaba a Hades, a cerrarme los ojos"
La historia cuenta las vicisitudes de la familia Bundren, una familia de "blancos que viven como negros", los llamados poor whites (blancos pobres) del sur americano de los años 30. La madre, Addie Bundren, yace en una cama agonizando. Su marido y sus cinco hijos esperan. El motor de la obra es la promesa que Anse Bundren le hizo a Addie Bundren: que, cuando ella muera, llevará su cuerpo a Jefferson para enterrarla con sus antepasados. Por eso, al inicio de la novela encontramos una imagen impactante: Cash, el hijo mayor, construye con sus manos un ataud, bajo la ventana donde yace la madre que, expectante, observa y dirige los avances de carpintería.

La prosa seca de Faulkner se abre paso a machetazos a través de la selva de la novela. Vamos conociendo muy poco a poco qué está pasando y que vínculos existen entre los personajes. No resulta fácil leer a Faulkner, éste nos lo pone bastante difícil. No nos explica de forma concreta nada. Todo lo vamos descubriendo de forma directa y sin pulir, mediante la sintonía de radio mental de cada personaje, con la estática de sus propias obsesiones y preocupaciones. Tampoco hay linealidad temporal, pues los saltos de personaje a personaje, aunque sí más o menos ordenados, no corresponden completamente a situaciones que ocurren una tras otra.

Me resultó curiosa la utilización de los elementos: El aire, la tierra, el fuego y el agua. Todos estos elementos se engarzan en una sola prueba que la familia debe pasar para llegar a su objetivo: enterrar a la madre. El desbordamiento del río que deben cruzar (el agua), el hedor que desprende el cuerpo de la madre (aire), el incendio del cobertizo en el que está el ataud (fuego), y finalmente el agujero que hay que cavar en el suelo para enterrar a la madre (tierra).

El final. Ese impresionante fin, que de algún modo desvirtúa toda la novela, se clava en el rostro del lector con una dolorosa punzada. Redondea ese sentido seco y duro: como una suela de zapato. Tremendo, tremendo.

Un portento.

viernes, 20 de febrero de 2009

Desocupado; de Lewis Trondheim

(Dado que en la anterior reseña tanto Knut como el señor Sinclair me animaban a leer Mis circunstancias de Trondheim, y Llosef no tanto; me he decidido a componer mi propia opinión al respecto. Desgraciadamente no lo encontré en la biblioteca, pero sí otra obra suya autobiográfica posterior. Así que... )

El prolífico francés Lewis Trondheim fué uno de los fundadores de la editorial independiente L'Association, junto con David B. o Jean-Christophe Menu. A su vez, Trondheim, conjugó L'Associaton con su trabajo como guionista y dibujante, destacando entre otras obras: Mis circunstancias (1993-1994), Las aventuras de Lapinot (1994-2004) y La mazmorra (desde 1997) junto con Sfar y otros autores.

Tronheim, através de su ya habitual manera de antropomorfizar personajes, presenta una historia autobiográfica -al estilo de Mis circunstancias, del propio Trondheim, y de Diario de un álbum, de Dupuy y Berberian-. En ésta ocasión, el autor reflexiona sobre una pequeña crisis personal: No había parado de crear desde hacía catorce años, pero ahora lleva ochenta días sin trabajar en ningún cómic. Lo cual le hace preguntarse ¿Envejecen mal los autores de cómic? ¿Estaré yo perdiendo facultades? La misión de Trondheim será desentrañar las cuestiones a lo largo de éste comic.

Para responder la vital pregunta que adolece al autor, así como para desocuparse y crear un nuevo álbum, éste se enfrasca en una búsqueda personal en forma de diario desde junio hasta septiembre de 2004. Por eso este comic se convierte en metacomic: En un cómic que habla de autores de comics y a la vez en el proceso motivacional que construye el cómic que estamos leyendo. Pero a la vez se realizan analogías entre el comic, el cine, la pintura y la literatura, lo cual eleva la reflexión a un nivel más global: al creativo, en general.

Su búsqueda le lleva a hablar con multitud de colegas de profesión. Por el álbum podemos ver desfilar a grandes del comic europeo antropomorfizados: Moebius (Blueberry, El incal), Christophe Blain (Isaac el pirata), David B. (La ascensión del gran mal), Sfar (La mazmorra, el gato del rabino), Dupuy y Berberian (Diario de un álbum, El señor Jean), etc. Y también encontramos reflexiones de Uderzo (Asterix), Franquin (Spirou y Fantasio, Tomás el gafe), Hergé (Tintín), Spiegelman (Maus)... y notas sobre Herriman (Krazy Kat), Bill Watterson (Calvin y Hobbes)... Y le lleva a pensar sobre temas relacionados con ese "envejecimiento" del autor de comics: La depresión, el alcoholismo, la falta de ideas, la repetición, etc.

La verdad es que Desocupado me ha gustado mucho. La neurosis obsesiva de Trondheim, y su preocupación, lejos de resultar pedante deja una sensación muy buena: El propio autor se ríe sanamente de sus preocupaciones de "artista privilegiado"y a la vez reflexiona profunda y hábilmente sobre los autores y sobre los comics desde "dentro". Muy recomendable.

lunes, 16 de febrero de 2009

Pildoras azules; de Frederik Peeters

Frederik Peeters es un autor suizo de comics que se hizo hace unos años un hueco entre los grandes hitorietistas europeos con Píldoras azules (2001), la cual ha sido multipremiada. Otras obras relevantes del autor han sido, hasta la fecha, Constellation (2003) o Lupus (2005).

Los comics autobiográficos tienen una intensidad especial. De hecho creo que con ellos los autores, además de la propia exégesis, obtienen una sugerente comunicación con el lector. Mucho más allá de "contar UNA historia" el asunto va de "te cuento MI historia". Se me ocurren buenos ejemplos más o menos recientes: Maus de Spiegelman, Madre, vuelve a casa de Hornschenmeier, Persépolis de Satrapi, Blankets de Craig Thompson... o algo más lejanos pero más patrios como Paracuellos de Giménez. Se podría disertar mucho sobre qué hay de exihibicionismo en el autor y qué de vouyerismo en el lector, pero sinceramente, cuando una obra autobiográfica tiene profundidad, trasciende. Y ya hablamos de obras de arte, no de sensacionalismo barato ni onanismo patético.

En éste caso Peeters comparte sus emociones y miedos introduciéndonos en su propia relación de amor. Su mujer y el hijo que ésta tuvo con otra pareja se encuentran infectados de VIH. Las reflexiones del autor comprenden la sexualidad, la educación del hijo, la relación médico-paciente y la medicación antirretroviral (de ahí las píldoras azules). Pero a mi modo de ver me resulta más interesante la visión frágil del autor, la sensibilidad y cariño con la que se acerca a Cati, y como desde ahí abarca su mundo, la acepta y recoge, sin caer en la compasión, sino desde el verdadero amor. Resultan deliciosas las imágenes cotidianas, las miradas cómplices, las conversaciones y silencios que forman parte de un amor que no hace falta expresar. Muy sincero.

Una de las cosas que menos me gustaron fué la parte final en la que el autor, en una especie de ensoñación, tiene una extensa conversación con un mamut. La verdad es que me pareció fuera de lugar y no aporta gran cosa. En relación al dibujo, es fresco, grácil, con trazos rápidos y limpios, lo cual da a la historia inmediatez y cercanía.

domingo, 8 de febrero de 2009

Nueva York, la vida en la gran ciudad; de Will Eisner

En 1978 Eisner regresó al comic con ganas, creando Contrato con Dios, un nuevo revulsivo para el comic y un nuevo horizonte personal para el autor. Lejos quedaban ya los años de The Spirit, pero comenzaba una nueva época creativa para Eisner. Desde 1978 hasta 2005, año en el que fallecería, el autor no dejó de dibujar obras de gran calidad y calado. Aparte de The Spirit, su obra más conocida, Will Eisner fué un prolífico creador de historias y, entre sus temas preferidos, la ciudad de Nueva York siempre estuvo como telón de fondo.

Varias de éstas historias neoyorkinas (o metropolitanas) fueron compiladas en un sólo volúmen y tituladas con el genérico: Nueva York, la vida en la gran ciudad. En él se incluyen varios libros publicados con anterioridad por separado: Nueva York, la gran ciudad (1981-1986); El edificio (1987); Apuntes sobre la gente de la ciudad (1989); y Gente invisible (1991-1992). En el conjunto de todos ellos, podemos observar a un Eisner interesado en discernir y analizar el significado de la estructura y conductas que él va observando en ese monstruo llamado ciudad. De forma parecida a como hiciera Melville con la ballena en Moby Dick, el venerable Eisner va dibujando no sólo la apariencia sustancial de la metrópolis, ese monstruo que ha ido cercando al ser humano hasta convertirlo en un simple dato anecdótico, sino que consigue realizar una cirugía espiritual y profunda de la misma humanidad a través del análisis de las partes más nimias de la urbe. Eso le da a la obra, en su acervo, una unidad obsesiva: La de un ciudadano interesado en conocer y dar sentido al medio que le rodea. Ya lo hizo antes, en obras anteriores: La Central City por la que Spirit brincaba a diario no era muy diferente a Nueva York; y en Contrato con Dios observábamos la vida en los tenements del Bronx.

En Nueva York, la gran ciudad, Eisner utiliza nueve elementos típicos de una ciudad para darnos su punto de vista de cómo es la vida en una gran ciudad: Las rejillas del alcantarillado, las escaleras de entrada a los edificios, el metro, la basura, los sonidos, farolas o buzones o tomas de agua, ventanas, muros y la manzana. Se trata de historias cortas, de una página en su mayoría, bosquejos de la conducta humana en su mayor parte en clave de humor, aunque en ellas observamos a un Eisner melancólico e incluso bastante crítico con algunas de nuestras acciones diarias.

En El edificio, se nos cuenta la historia de cuatro fantasmas y su relación en vida con un viejo edificio "con el tiempo, una acumulación imperceptible de dramas circundaron sus cimientos". Es una historia realmente entrañable, y en el Eisner pretende demostrar cuan fuertes son los lazos que nos unen a los lugares físicos en los que hemos vivido, los cuales quedan impregnados de una especie de espiritualidad. Como si las emociones quedasen registradas en una especie de taquígrafo invisible.
Apuntes sobre la gente de ciudad muestra al propio Eisner, libreta en mano, saliendo a la calle y dibujándonos en directo aspectos típicos de la vida diaria en la ciudad. De igual forma que ya hiciera en Nueva York, la gran ciudad, aquí el autor toma cuatro elementos: El tiempo, los aromas, el ritmo y el espacio, para hablarnos de la soledad, las prisas, el hábito, el miedo, las muchedumbres... Através de lo anecdótico, Eisner va bosquejando la globalidad, el sentido y la cárcel en la que se va conviertiendo nuestra propia libertad.

Gente invisible está formado por tres historias independientes: Santuario, El poder y Combate mortal. Son tres historias de fondo dramático, y nos hablan de personajes "pequeños", insignificantes, que luchan por sobrevivir en un mundo en el que tienen todo en contra. Eisner intenta explicar lo que la gente de a pie siente: "miedo o pavor al presenciar la agonía de una persona que desciende hacia la invisibilidad".

Otras entradas anteriores sobre Will Eisner:

- The Spirit
- Contrato con Dios

domingo, 25 de enero de 2009

De ratones y hombres; de John Steinbeck

Steinbeck es, a menudo, citado entre ese grupo de escritores de "La generación Perdida", o literatos que reflejaron las devastadoras consecuencias de la Gran Depresión en Estados Unidos tras el crack de 1929. Entre sus obras más destacadas se encuentran: Tortilla flat (1935), De ratones y hombres (1937), Las uvas de la ira (1939), La perla (1947) o Al este del edén (1952). Recibió en Premio Pulitzer en 1940 y el Premio Nobel de literatura en 1962.

Lo más cerca que estuve antes de Steinbeck fué una madrugada, echaban por la televisión "Las uvas de la ira", dirigida por John Ford y basada en la novela más nombrada de Steinbeck. Tuve la película de fondo y la nostálgica pobreza y depresión norteamericana no consiguió embaucarme. No digo que el film sea malo, no puedo criticar algo a lo que no presté atención. Pero ahí quedó el recuerdo. Aquella leve mota de polvo, en blanco y negro, posada sobre la memoria, hizo que a partir de entonces deshechara las pocas ganas que tuviera de leerme aquella novela tan mítica y, por ende, a este escritor.

Hoy, me gustaría ser capaz de expresar en palabras mi terrible impresión, mi amor acongojado y resuelto, tras la lectura de "De hombres y ratones" (1937). Uno no puede quedar impasible ante sus personajes. La huella, la profunda marca, que deja éste pequeño libro es comparable a los magníficos descubrimientos literarios que de forma perpetua ya acompañan, como una sombra, al amante lector.

Con una lírica humilde y sencilla Steinbeck nos arrebata desde las primeras páginas. La amistad entre George y Lennie, dos jornaleros que llegan a una granja para cargar sacos, nos succiona de forma emocional. Lennie, con retraso mental, es casi un niño agazapado dentro de un enorme y fuerte cuerpo de hombre, incapaz de comprender el mundo que le rodea; y George, su gruñón cuidador, resignado por la carga que se autoimpone a la hora de proteger a Lennie, pero a la vez encariñado con su compañía, crea para él un sueño. La historia del libro, a grandes rasgos, sería ésta amistad, llena de pequeños, tiernos y dolorosos matices. La magnitud y simbolismo que encierran ciertas partes de la historia, dentro de la sociedad despiadada y cruel en la que está contextualizada, toma niveles gigantescos de humanidad y piedad.

Hay momentos del libro en los que la emoción queda suspendida en una tensión casi palpable. Uno de esos momentos, una escena importantísima a nivel metafórico, es cuando se sacrifica a un perro viejo y ciego. El tiempo, los segundos que transcurren, desde que se llevan al perro fuera del cobertizo hasta que le dan el tiro de gracia, toma características de intensidad física. Otro de esos momentos es el final de la historia.

Me llama poderosamente la atención que, de un modo muy sencillo, se nos presenten personajes tan arrebatadores. Steinbeck no necesita de vericuetos ni de artificios grandilocuentes, tan sólo simples diálogos de la vida diaria. De hecho, creo que precisamente es ahí donde reside la fuerza de éste libro, en sus diálogos. Lo cual me ha hecho ver éste libro desde una perspectiva teatral: Está compuesto de escenas estáticas: No hay "movimiento de cámara" ni cambio escenográfico, es decir: cada escena sucede en un lugar único: Un establo, la orilla del lago, el cuarto de los peones, la habitación de Crooks... y donde reside precisamente la energía activa es en el diálogo y la comunicación de los personajes que entran y salen de las escenas.

Un libro absolutamente imprescindible, y me temo que un autor, Steinbeck, que hay que leer por obligación tácita.

lunes, 19 de enero de 2009

Jumbee y otros relatos de terror y vudú; de Henry S. Whitehead

Dentro de los personajes más extraños que me he topado dentro de la literatura fantástica sobresale el reverendo Henry S. Whitehead. Extraño es que un diácono norteamericano de principios del siglo XX escribiese relatos de terror y los enviase a revistas pulp de la época tipo "Weird Tales", "Strange Tales" o "Adventure". Pero más aún es que la mayoría de estos relatos tuviesen como tema central el Vudú y las supersticiones de los negros de las Pequeñas Antillas. Whitehead fué enviado, entre 1921 y 1929, como diácono a las Islas Vírgenes, y quedó embelesado por las costumbres y ritos tribales de los nativos, emoción que quedó totalmente grabada en sus historias. Entre 1924 y 1946 escribió un sinfín de relatos fantásticos y de terror, la mayoría de los cuales fueron publicados en revistas pulp de la época, las mismas revistas que, por entonces, publicaban relatos de H. P. Lovecraft, Robert E. Howard, Clark Ashton Smith o Seabury Quinn. Arkham House publicó dos colecciones de relatos de Whitehead: "Jumbee and Other Uncanny Tales" (1944), y "West India Lights" (1946).

Dentro de Jumbee y otros relatos de terror y vudú, encontramos un total de catorce relatos. Todos están ambientados en las Pequeñas Antillas, y en todos encontramos descritos ritos y supersticiones de los negros. Según Whitehead, todos estos negros nativos creían en la necromancia, en la brujería. Ellos mismos practicaban en Obeah (Obi) para curarse de enfermedades, y se cobraban sus venganzas mediante el Vauxdoux (Vudú), prácticas que llegaron durante los días de la esclavitud a través de Jamaica o Benín. Este culto a la Serpiente, a esa parte oscura y maligna del rito, produce verdadero terror entre los nativos que conocen cuales pueden ser las consecuencias de su práctica. Entre todo el elenco de supersticiones destaca el Jumbee, también llamado Zombie. El Jumbee es un fantasma o aparición, pero con la característica de que siempre es negro.

Por la misma época William B. Seabrook escribió también sobre el vudú en su famosa "La isla mágica" (1929). Todo un catálogo de prácticas oscuras y sobrenaturales en Haití. Además, el libro de Seabrook aparece citado en uno de los relatos.

Para articular algunos de estos cuentos Whitehead se valió de: Gerald Canevin y su compañero, el doctor Pelletier. Dos investigadores de lo sobrenatural, a la manera del Hesselius de Lefanu, el Carnacki de Hodgson, o el De Grandin de Seabury Quinn. Pero estos sólo se ocupaban de investigar el lado sobrenatural del Vudú en las Pequeñas Antillas o Islas Vírgenes.

En casi todos los cuentos, por activa o por pasiva, encontramos como tema principal la necesidad de venganza de alguno de sus personajes, lo cual hace que estos usen el culto a la Serpiente como herramienta. De la colección de relatos destacaría "Cassius", "Sombras" y "El hombre árbol", los dos primeros por la intensidad y el mal rollo que dejan su lectura, y el tercero por la belleza y el amor a la naturaleza que infunde; además resaltaría las ambientaciones históricas de "El Negro Tancredo" (esa mano correteando me pone aún los pelos de punta) y "Siete vueltas en la soga del ahorcado" (una estupenda historia de piratas y venganza).

jueves, 15 de enero de 2009

La gaviota y El tío Vania; de Antón Chéjov

Antón Chéjov, nacido en el siglo XIX del antiguo imperio Ruso, amigo de Tolstoi o Gorki, innovó en las dos facetas literarias en las que trabajó: El relato, del que fué un gran maestro, y el teatro. En lo que se refiere al relato o novela corta, llegaría a escribir: "La concisión es hermana del talento" "El arte de escribir es el arte de condensar" "Escribir con talento es escribir concisamente".

Bajo el seudónimo de Antosha Chejonté comenzaría a escribir una serie de relatos satíricos sobre la sociedad rusa. De un modo despiadado e irónico diseccionó aquella degradación económica y cultural de la nobleza, haciéndose rápidamente famoso. Dentro de su creación teatral dió un nuevo punto de vista: eliminó los efectismos y todo lo espectacular (irónicamente lo teatral), de ahí que sus obras no tengan una acción clásica, sino que se compondrían de sucesivas imágenes cotidianas que logran una emoción general, y una especie de corriente submarina (a través de lo no-dicho o expresado, sino lo insinuado) que logra vertebrar lo profundo, lo importante de la vida. El subtexto y los silencios componen, por tanto, un elemento esencial de su dramaturgia. Dentro de su obra dramática destacan: La Gaviota (1895), El tío Vania (1899), Tres hermanas (1902), y El jardín de los cerezos (1904).

La gaviota (1895)

En ésta obra se habla de manera bastante directa de literatura y de teatro, y de cómo tanto teatro como literatura están irremediablemente enraizados a la propia vida. De hecho, los personajes principales están relacionados con la creación artística: Un joven escritor romántico, Treplev, que ansía conseguir reconocimiento, Nina, aspirante a ser actriz; Trigorín, un afamado literato; Masha, enamorada de la melancolía creadora de Treplev; o Arkádina, madre de Treplev y vieja actriz. Además, en "La Gaviota", se cita el Hamlet de Shakespeare y en dos ocasiones a Maupassant. Lo cual a mi modo de ver no es algo accesorio, sino que el propio Chéjov rinde así humilde pleitesía a dos de sus más grandes influencias.

El título de la obra se toma de un elemento simbólico de la propia obra: Una gaviota. Éste elemento aparece en momentos concretos y significativos a lo largo de los cuatro actos, dotando al texto de intensidad alegórica: La propia Nina dice " Yo me siento atraída hacia aquí, hacia el lago, lo mismo que una gaviota" y posteriormente firmará sus cartas como -Gaviota-, adoptándolo como seudónimo, y cuya desesperación le lleva a confundirse con una de ellas. El romántico Treplev deposita a los pies de Nina una gaviota que acaba de matar. Y Trigorín, tras ver esa gaviota muerta, anuncia el propio destino de Nina diciendo: "Un argumento que se me ha ocurrido... El argumento de un pequeño relato. Una jovencita parecida a usted vive desde niña junto a un lago. Ama el lago como si fuera una gaviota, y como una gaviota feliz y libre. Pero llegó fortuitamente un hombre y, a falta de otro quehacer, la destruyó igual que han destruído a esta gaviota". Además, la propia naturaleza del escenario: un teatro sobre el que de fondo se ve un lago, los sonidos de tormenta y la noche anuncian la tragedia, todo se mezcla para confundir realidad, amor, creación y teatro en una misma cosa. Escribir y vivir se funden para Treplev, el triste y jóven escritor, que se dice a sí mismo: "Nada: cada día me convenzo más de que no se trata de formas viejas ni de formas nuevas; se trata de que el hombre escriba sin pensar en formas, de que escriba porque así le sale espontáneamente del alma".

El tío Vania (1899)

El tema central de ésta obra es la belleza. De cómo la belleza de la jóven Elena, casada con el viejo Serebriakov, arrastra hacia su destino a los personajes principales. Su belleza atrae intensamente tanto al tío Vania, como a Astrov, el médico; de igual modo que la luz a los mosquitos. El amor al que aspiran es una vía de escape. Y en la obra descubrimos cómo los dos sueñan con una vida muy distinta a la que llevan y no son capaces de enderezarla, cayendo en una especie de desesperanza y en el dolor de una vida perdida.

ASTROV: Yo no estoy satisfecho de la vida, igual que le sucede a su tío Vania, y los dos nos volvemos gruñones (...) Pero ésta vida rusa nuestra, provinciana y vulgar, no puedo soportarla, la desprecio con todas las fuerzas de mi alma.

En realidad, todos los personajes sienten una gran desesperanza, viéndose arrastrados y condenados a una existencia baldía, resignándose. Elena, la bella jovencita casada con el viejo Serebriakov, se ve atrapada: "Es pereza y es aburrimiento. Todo el mundo critica a mi marido, todo el mundo me mira con compasión: ¡Desdichada, tiene un marido viejo".

(...)

VOINITSKI (Tío Vania): ¡Ya lo creo! ¡Yo era una individualidad luminosa que a nadie le daba luz! (...) Me paso las noches en blanco, de pesar y de rabia, por haber malgastado tan estúpidamente el tiempo cuando podía haber tenido todo lo que mi vejez me niega ahora.

Tanto el tío Vania como su hermana Sonia, están irremediablemente enamorados, el uno de Elena y la otra de Astrov. Y, ante la idea de volver al habitual sopor de sus vidas, prefieren la mentira:

VOINITSKI (Tío Vania): Cuando falla la vida, hay que vivir de espejismos. Al fín y al cabo, es mejor que nada.

(...)

SONIA: La incertidumbre es preferible. Siempre queda la esperanza.

Ante ésta frustración, todos los personajes regresan a su hábito. Como si hubieran vivido una especie de sueño y ahora, ya despiertos, se desperezasen resignados ante la vida que les espera.

VOINITSKI (Tío Vania): Esto es un sufrimiento. Tengo que ponerme a hacer algo inmediatamente... ¡A trabajar! ¡A trabajar!

(...)

SONIA: Pobre tío Vania, pobrecito, estás llorando (...) Tú no has conocido alegrías en tu vida; pero espera, tío Vania, espera... ¡Descansaremos! ¡Descansaremos!