
Lo más cerca que estuve antes de Steinbeck fué una madrugada, echaban por la televisión "Las uvas de la ira", dirigida por John Ford y basada en la novela más nombrada de Steinbeck. Tuve la película de fondo y la nostálgica pobreza y depresión norteamericana no consiguió embaucarme. No digo que el film sea malo, no puedo criticar algo a lo que no presté atención. Pero ahí quedó el recuerdo. Aquella leve mota de polvo, en blanco y negro, posada sobre la memoria, hizo que a partir de entonces deshechara las pocas ganas que tuviera de leerme aquella novela tan mítica y, por ende, a este escritor.
Hoy, me gustaría ser capaz de expresar en palabras mi terrible impresión, mi amor acongojado y resuelto, tras la lectura de "De hombres y ratones" (1937). Uno no puede quedar impasible ante sus personajes. La huella, la profunda marca, que deja éste pequeño libro es comparable a los magníficos descubrimientos literarios que de forma perpetua ya acompañan, como una sombra, al amante lector.
Con una lírica humilde y sencilla Steinbeck nos arrebata desde las primeras páginas. La amistad entre George y Lennie, dos jornaleros que llegan a una granja para cargar sacos, nos succiona de forma emocional. Lennie, con retraso mental, es casi un niño agazapado dentro de un enorme y fuerte cuerpo de hombre, incapaz de comprender el mundo que le rodea; y George, su gruñón cuidador, resignado por la carga que se autoimpone a la hora de proteger a Lennie, pero a la vez encariñado con su compañía, crea para él un sueño. La historia del libro, a grandes rasgos, sería ésta amistad, llena de pequeños, tiernos y dolorosos matices. La magnitud y simbolismo que encierran ciertas partes de la historia, dentro de la sociedad despiadada y cruel en la que está contextualizada, toma niveles gigantescos de humanidad y piedad.
Hay momentos del libro en los que la emoción queda suspendida en una tensión casi palpable. Uno de esos momentos, una escena importantísima a nivel metafórico, es cuando se sacrifica a un perro viejo y ciego. El tiempo, los segundos que transcurren, desde que se llevan al perro fuera del cobertizo hasta que le dan el tiro de gracia, toma características de intensidad física. Otro de esos momentos es el final de la historia.
Me llama poderosamente la atención que, de un modo muy sencillo, se nos presenten personajes tan arrebatadores. Steinbeck no necesita de vericuetos ni de artificios grandilocuentes, tan sólo simples diálogos de la vida diaria. De hecho, creo que precisamente es ahí donde reside la fuerza de éste libro, en sus diálogos. Lo cual me ha hecho ver éste libro desde una perspectiva teatral: Está compuesto de escenas estáticas: No hay "movimiento de cámara" ni cambio escenográfico, es decir: cada escena sucede en un lugar único: Un establo, la orilla del lago, el cuarto de los peones, la habitación de Crooks... y donde reside precisamente la energía activa es en el diálogo y la comunicación de los personajes que entran y salen de las escenas.
Un libro absolutamente imprescindible, y me temo que un autor, Steinbeck, que hay que leer por obligación tácita.