
Hay una leyenda en torno a la figura de Christopher Marlowe realmente memorable. Pues se dice que Marlowe y Shakespeare fueron la misma persona. La teoría está basada en una serie de coincidencias realmente alucinantes: En primer lugar, antes del asesinato de Marlowe, el 30 de Mayo de 1593, no hay constancia (ni documentos) de la existencia de William Shakespeare. Sólo tras la muerte de éste comienzan a aparecer datos que demuestran la aparición en la escena teatral de Londres de alguien llamado Shakespeare. Además, son abundantes las coincidencias, prácticamente literales, entre algunos escritos de Marlowe y Shakespeare. Éste cambio, según ésta fantástica leyenda, tendría su causa más inmediata en las graves acusaciones que se le hicieran sobre Marlowe de pederastia, homosexualidad o ateísmo. Por tanto, para limpiar su nombre, se buscó una especie de sustituto que pusiese rostro a las obras que Marlowe fuera escribiendo, o bien, directamente, el propio Marlowe adquirió su identidad. La supuesta trama es digna de una película.
A parte de ello, Doctor Faustus, que acabo de leer, toma como guión un libro muy popular que había sido editado en Alemania hacía pocos años: el Faustbuch o Fausto de Spies. En él se relataba la historia de un alemán que tal vez se llamara Georgius Faustus, un personaje de la época tildado de mago y nigromante, que iba pregonando que había vendido su alma al diablo para alcanzar la sabiduría. Por lo tanto, la leyenda cuasi arquetípica que ha llegado a nuestros días estaba basada en él. Y tres grandes obras se alzan en la historia de la literatura tomando como soporte ésta historia: Doctor Faustus, de Marlowe (1592); Fausto, de Goethe (1808 y 1832); y Doktor Faustus (1947) , de Thomas Mann. Los paralelismos entre Faustbuch y Doctor Faustus son evidentes, pero Marlowe le dió al texto una riqueza poética e inspiradora del que estaba desprovista el original. Aunque bien es cierto que, cuando se habla del Fausto de Marlowe, se tiene en cuenta que texto que conocemos no es el que originariamente escribiera Marlowe, sino que se trataría del producto de tres autores más, que aumentaron la obra con nuevos pasajes y modificaciones.
Independientemente de lo dicho anteriormente, la obra de Marlowe se erige como una creación realmente subversiva para su época, preñada además de la poesía y carga dramática propias de una tragedia inmortal. En ella se nos relata cómo el hambre de saber y conocimiento empuja a Fausto a llamar a Mefistófeles, y éste, a cambio de su servidumbre, le pedirá el alma una vez que transcurran veinticuatro años. Además de conocimiento, Mefistófeles hace desfilar ante él los siete pecados capitales, le hace jugar y reirse de las órdenes de un Papa, manda traer a Alejandro Magno, a Elena de Troya... y consigue así que Fausto sea conocido y admirado por el mundo entero. Mientras todo esto sucede, en su conciencia la lucha está representada por la aparición de un ángel Bueno y otro Malo, cuyos consejos, el uno exhortándole a que se arrepienta y el otro diciéndole que ya es tarde para ello, le hacen dudar contínuamente de su decisión. Transcurridos los veinticuatro años, y viendo la próxima llegada de los diablos para llevárselo al infierno, Fausto se lamenta de su final y clama en los últimos minutos "¡Oh, galopad, galopad despacio, caballos de la noche!". Pero cuando dan las doce, los demonios entran en escena y se lo llevan. La última escena, aunque mil veces vista o leída, no deja de impresionar, aun siendo previsible. La carga emocional que imprime Marlowe, el miedo de Fausto, el terrible y último lamento:
"¡Oh, alma! Dilúyete en minúsculas gotas de agua
y piérdete en el océano para que nadie te encuentre"
Aunque no deja de ser un texto moralizante, representando qué es lo que le ocurre a quienes pecan y a los que no siguen las directrices celestiales, además de mostrar el consabido margen limítrofe del ser humano entre el bien y el mal; hay ciertas escenas cómicas y reflexiones punzantes sobre la iglesia.
A pesar de ello, la lectura de la obra no llegó a entusiasmarme tanto como cuando leí la primera parte del Fausto de Goethe. Pero considero su lectura obligada a todos los seguidores y adoradores de Satán (ah, y a los amantes del teatro).